19/4/18

Las abuelas de Sepur Zarco: supervivientes de la esclavitud sexual del ejército de Guatemala durante seis años

"Guatemala en 1982 estaba bajo el mandato de Ríos Montt y en pleno conflicto armado. El ejército llevaba a cabo una violencia brutal contra el pueblo pero, sobre todo, contra las comunidades indígenas. En este año fue cuando llegaron los militares en el destacamento de Sepur Zarzo a la comunidad de Maya Q’eqchí. Lo que vino después fue lo que ocurría casi comúnmente tras la llegada de los soldados: desapariciones forzosas, asesinatos, esclavitud y violencia sexual.

Esto fue lo que sufrieron durante seis años hasta 71 mujeres en la comunidad de Izabal. Perdieron a sus familias, sus pertenencias y hogares y fueron esclavas domésticas y sexuales de los militares. Sólo han sido 15 las que se han atrevido a denunciarlo en un caso que, tras 35 años, ha llegado a los tribunales. 

Ahora ha marcado un hecho histórico porque se condena, por primera vez en el mundo, la esclavitud sexual como crimen de guerra desde un tribunal nacional. En España las abuelas de Sepur Zarco, víctimas de esta violencia, han sido galardonadas por los premios de la Asociación Pro Derechos Humanos (APDHE) junto con Iván Aparicio de la Asociación de Recuerdo y Dignidad y Memoria Pública del diario Público.

El largo camino que han recorrido las 15 mujeres para denunciar en los tribunales ha conseguido que los crímenes sean condenados con una sentencia ejemplar para delitos de violencia sexual. El teniente Esteelmen Francisco Reyes Girón, jefe del ejército militar, ha sido penado con 120 años de prisión y el exparamilitar Heriberto Valdés Asij, otro de los dirigentes en Sepur Zarco, a 210 años.  

"No nos esperábamos nada. Vivíamos tranquilas en nuestra comunidad cuando llegó el ejército. Se llevaron a mi esposo sin que él hiciera nada, sólo trabajaba en la tierra, pero 35 años después seguimos sin saber dónde está". Esto es parte del relato de Carmen Xol Ical, una de las mujeres indígenas que fue víctima de la violencia sexual del ejército en Guatemala. Como su marido, otras 45.000 personas desaparecieron en toda Guatemala durante el conflicto interno.
Hasta 71 mujeres fueron violadas de forma casi diaria por el ejército en el destacamento de Sepur Zarco

"Mi familia quedó totalmente destruida" - continúa -, "los soldados me obligaron a irme al destacamento militar. Me obligaron a trabajar allí y tuve que dejar a mis ocho hijos solos. Ni siquiera bajo una casa, sino bajo un techo de nylon que yo misma había construido. No podíamos oponernos a trabajar allí porque teníamos mucho miedo de las armas".

Así, comenzó Carmen a ser "esclava doméstica" de los militares. Meses después, también comenzó a ser esclava sexual, como otras 70 mujeres de su comunidad: "Cuando no trabajábamos en el destacamento, lo hacíamos desde casa. 

Teníamos que preparar sus comidas comprando los alimentos con nuestro propio dinero, y después de cocinarlos los mandábamos. También teníamos que lavar sus ropas y limpiar el destacamento. Al paso de unos meses comenzamos a ser violadas, de forma casi diaria, por los militares".

La violencia sexual en tiempos de guerra

La violencia sexual es la forma de violencia más común usada contra las mujeres, y durante tiempos de guerra llega a ser sistemática. Lo que ocurrió en Sepur Zarco, pasó en otras comunidades indígenas.  

Elena es otra de las sobrevivientes de violencia sexual durante el conflicto armado interno de Guatemala, violada al mismo tiempo que Carmen pero en otro lugar, en el destacamento militar de Tzalbal, en el departamento de Quiché. La primera vez que fue violada fue junto con su madre con 12 años. La madre ni siquiera sobrevivió a las agresiones.

"Las mujeres se convierten en objeto de guerra, utilizadas como una maquinaria dentro del engranaje del conflicto armado"

"Las mujeres se convirtieron así en objeto de guerra, fueron utilizadas como una maquinaria dentro del engranaje del conflicto armado", denuncia la abogada del caso de Sepur Zarco, Jennifer Barros. En el caso de las mujeres indígenas, se sumó a la violencia armada y de género, la discriminación étnica, que dificulta mucho más la reparación de los crímenes cometidos. 

De hecho, la abogada señala que la violencia sexual es "el crimen de guerra más impune en todo el mundo", y que, por esto, el hecho de que estas mujeres en "una comunidad tan remota hayan conseguido una sentencia tan avanzada y transformadora es un verdadero paso para la justicia mundial".

Pero la violencia sexual como arma de guerra no es solo usual en Guatemala. Es común alrededor de todo el mundo y una de las violencias que más afectan a las mujeres que se utiliza como estrategia militar intencionada que busca aterrorizar, degradar y derrotar a toda una población

El caso Sepur Zarco en los tribunales

"Nosotras no podíamos denunciar hace unos años porque nadie nos hacía caso. Ahora gracias a todas las organizaciones que nos han ayudado (principalmente la Alianza Rompiendo el Silencio, ECAP, PNUD y Mujeres Transformando el Mundo) podemos contar lo que nos hicieron", explica Carmen. 

Gracias a esto, perdieron el miedo y se rompió la impunidad de la que se beneficiaba la institución militar. Aunque un supuso un reto para todas ellas: "Teníamos obstáculos por todas partes porque para los tribunales sólo era un caso de más de mujeres que no llegaría a ningún lado", relata la abogada.

Gracias a la ayuda de varias organizaciones las víctimas perdieron el miedo, denunciaron y se ha acabado con la impunidad del ejército

Había otra barrera que impedía denunciar, la lingüística: "Ninguna de las mujeres sabían hablar castellano", aclara Bilma Club, una de las jóvenes que participó en la trabajo psicosocial para ayudar a las víctimas a explicar las violencias que habían sufrido. De hecho, no sabían ni leer ni escribir, y cuenta que en sus idiomas tampoco existen “unas palabras que definan la violencia sexual como sí la tenemos en castellano”, por lo que las víctimas ni aún queriendo podían explicarlo. Sólo se consiguió conocer lo que realmente había ocurrido tras mucho tiempo de trabajo.

En 2009 comenzó el proceso judicial y se comenzaron a juntar los testigos para presentar las denuncias contra el ejército y el estado. La querella se inició en el 2010 cuando se consiguió el primer paso y se reconoció en los tribunales la violencia sexual como crimen de guerra dentro del conflicto armado de Guatemala.

 En 2011 se interpuso otra demanda ya denunciando la esclavitud doméstica y sexual de las mujeres y las desapariciones forzosas y asesinatos de sus familias como delitos de lesa humanidad. En 2012 las víctimas declararon, comenzaron las exhumaciones y a investigarse los hechos.

Reparación para la comunidad y condena de 360 años

Después de tantos años, los hechos han sido demostrados y los culpables condenados: en total, Esteelmen y Heriberto suman una condena de 360 años y  deben pagar a cada una de las víctimas 500.000 quetzal, aunque ambos se declararon insolvente quedando libres de las multas económicas.

"Nuestra lucha es para que lo que nos ocurrió a nosotras no le ocurra a nadie más"
Ante esto se pidió otra condena, quizás la realmente más novedosa y transformadora del proceso. 

Al conseguir que las condenas se reconocieran por "delitos contra la humanidad", también se consiguió una reparación a toda la comunidad y se ha emitido una sentencia con 16 medidas para los pueblos indígenas que van desde la construcción de un hospital hasta las mejoras en escuelas o becas en educación para los hijos. De hecho, no se pide la reparación sólo a los condenados, también a todo el estado al no intervenir para parar los delitos del ejército, por lo que el gobierno también es culpable.

"Lo que queremos es que estos hechos ya no se repitan nunca más. Nuestra lucha es para que lo que nos ocurrió a nosotras no le ocurra a nadie más. Por esto no nos rendimos", explica Carmen. Las abuelas de Sepur Zarco han conseguido así una sentencia histórica y un ejemplo mundial para las víctimas de violencia sexual."                  (Beatriz Asuar, Público, 15/12/17)

18/4/18

“Logré convencer a Mengele para que me dejase vivir”

"Un anciano en silla de ruedas visita la exposición Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos, en el centro de exposiciones Arte Canal, en Madrid. De pelo blanco y ojillos azules, ha acudido elegante, con chaqueta gris y pantalón negro. Su mirada se centra en un objeto, un zapato rojo de una prisionera del campo de exterminio en el que los nazis asesinaron a 1,1 millones de personas.

 Él vivió para contarlo. Con voz débil y ronca se pregunta: "Aún no sé por qué nos hicieron esto". Noah Klieger (Estrasburgo, 1926) ha estado en Madrid invitado por los organizadores de la muestra, con motivo de que mañana, sábado, es el Día de Conmemoración del Holocausto, que la ONU fijó en 1985 para el 27 de enero, fecha en que los soviéticos liberaron, en 1945, a los 7.000 esqueletos que quedaban en Auschwitz, con un mensaje al cuartel general en Moscú: "Es un campo de tamaño inmenso. Los alemanes han huido".

Klieger recorrió la exposición que, desde su apertura, el 1 de diciembre, ha superado las 110.000 visitas. "Los alemanes que votaron a Hitler pudieron votar a otros partidos. Él ya había escrito lo que quería hacer a los judíos, así que no hay una explicación a por qué esa sociedad cambió de la noche al día", dijo Klieger, enviado con 16 años a Auschwitz por ayudar a otros judíos. Sus padres estaban en la Resistencia belga.

Al llegar a una de las piezas más impactantes, un uniforme de prisionero, probablemente se ve a sí mismo con esa prenda a rayas: "Los llamábamos pijamas". Para él, contemplar estos objetos —hay más de 600—, le hace "feliz", aunque admite que "nunca se podrá mostrar cómo nos sentíamos", un horror que no ha dejado de recordar "ni un solo día". 

La muestra, hasta el 17 de junio, está organizada por la empresa Musealia en colaboración con el Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau y tiene a Madrid como primera parada de su recorrido mundial por 14 ciudades. 

Klieger explicó que en aquellos días "nadie en Europa Occidental conocía la realidad de los campos de exterminio". "Se oía hablar de campos de concentración, en los que el trato no era bueno, pero no te asesinaban".

 Tras la visita, Klieger pronunció una emocionante conferencia, fueron 50 minutos y sin papeles. "Estuve en Auschwitz del 18 de enero de 1943 al 17 de enero de 1945".

 Su día a día empezaba a las seis de la mañana, "con una ducha, siempre fría, aunque fuera hiciera 20 bajo cero. No te secabas, sino que pasabas al desayuno: una bebida negra que llamaban café y un pan negro húmedo. Trabajábamos 11 horas, te pegaban y te decían ‘más rápido, más rápido’. Por la tarde nos daban una sopa horrorosa. Los domingos descansábamos y teníamos un trozo de salchicha que no era de carne y una cucharada de mermelada. Padecíamos disentería o tifus. A los que se quedaban sin fuerzas los mandaban a la cámara de gas".

Aquel horror tuvo su clímax: el encuentro con el macabro Mengele, cuya espeluznante mesa de operaciones se incluye en la exposición. El todopoderoso médico que decidía al instante quién podía seguir con vida o ser liquidado. Klieger recordó aquel momento con un esbozo de sonrisa: "Necesitaría otros 50 minutos para describirlo… logré convencerle de que me dejara vivir, él era muy teatral".

 Fue uno de los "milagros", como los llama Klieger, que le permitieron sobrevivir, y por eso se prometió dedicar el resto de su vida a contarlo. "Tengo 91 años, no me queda mucho, pero mientras pueda lo seguiré haciendo". Klieger calcula que, en más de 60 años, ha intervenido en casi 12.000 actos.

Cuando la II Guerra Mundial estaba a punto de acabar, Klieger fue uno de los trasladados a otros campos. Superó dos de las conocidas como "marchas de la muerte". "En la primera, caminamos cuatro días. Luego nos metieron en grupos de 150 en vagones. No teníamos espacio, pero con los días lo hubo por los muertos".

El destino fue Mittelbau-Dora, donde los nazis perfeccionaban sus misiles V1 y V2, con los que intentaban "ganar una guerra perdida". Durante la clasificación de los recién llegados, Klieger ocultó su número de prisionero, tatuado en el brazo izquierdo, y se declaró prisionero político francés "porque no los mataban". 

Después simuló ser un mecánico, para estar con los operarios de la fábrica de los misiles y tener "algo más de comida y una hora menos de trabajo". "Nos llevaron a una sala: ‘Muestren qué saben hacer". Klieger no sabía nada. Sin embargo, un prisionero que conoció en ese momento, paisano de Estrasburgo, le ayudó pasándole las piezas montadas. Otro milagro.

También su astucia le salvó. Los nazis necesitaban un capataz que hablase alemán para transmitir sus órdenes a los trabajadores. Él lo hablaba porque Alsacia había pertenecido a Alemania. Klieger reconoció el acento bávaro del oficial que le interrogaba y se lo dijo. Aquel hilo de empatía le valió el puesto, una ducha y ropa.

"El 4 de abril nos sacaron de allí por los bombardeos aliados". Entonces, padeció otra marcha de la muerte. "Diez días caminando, sin comer. De 4.000 llegamos 600 a Ravensbrück, donde nos pusieron a cavar zanjas, pero no teníamos fuerzas, así que apaleaban hasta la muerte a los débiles". El 29 de abril fue liberado.

En el debate con el público le preguntaron cómo vivían los niños en Auschwitz. "No había, los gaseaban al llegar". Y concluyó con un nuevo milagro: "Volví a ver a mis padres en Bélgica. Solo entonces supe que habían estado en Auschwitz y habían sobrevivido".             (Manuel Morales, El País, 28/01/18)

17/4/18

Este es el relato de un hombre que no supo quién había sido su abuelo hasta que cumplió los 40 años

"(...) Avelino es un hombre que "ha logrado encontrar su identidad" al conocer quien fue realmente su abuelo, Avelino García, fusilado por el régimen franquista en 1940. Sin embargo, hasta 2011, el nieto no supo realmente quien era su abuelo. 

Siempre tuvo dudas, desde su niñez:"veía que mis primos tenían otro apellido, diferente al mío. No lo entendía", explica. Su apellido, reclama, debería ser García, no Chillarón. 

El abuelo de Avelino fue fusilado porque los maquis que se ocultaban alrededor de la zona de Abenójar (Ciudad Real) se resguardaban en una de las casas de campo, que pertenecía a García. "Bajaban a por comida y a lavar la ropa.

 No fue por otra cosa, aunque yo sé que mi abuelo era de izquierdas porque estaba afiliado a UGT", señala. Pero es que, recalca, los ciudadanos se sentían "presionados" a ayudar a los guerrilleros, que también se refugiaban en la choza de campo para el ganado. Avelino fue fusilado junto a otro pastor. 


"Quiero contaros a través de la muerte de mi abuelo, como la dictadura franquista no sólo robaba vidas, también la memoria individual y colectiva de los ejecutados, haciendo desaparecer no sólo los cuerpos sino incrustando el miedo y la humillación en los familiares de los represaliados", es parte del resumen que ha hecho por escrito Avelino para contar la historia de su familia. 

Su investigación ha permitido a sus hermanos y a su abuela, María del Prado, volver a tener una "familia completa", y es que no dejó de buscar respuestas hasta que se encontró con el trabajo del investigador Jorge Moreno, que trabaja también en el proyecto 'Mapas de Memoria' de la UNED y que cuenta con el apoyo de la Diputación de Ciudad Real.

 El pastor fusilado tenía una novia, su abuela, que estaba embarazada del padre de Avelino, al que apellidaron Chillarón, no García. Avelino también lleva el apellido materno. "En mi casa parecía un tema tabú. Nadie hablaba del abuelo y yo tuve que prácticamente esperar a que mi padre muriese para poder investigar.

 Yo tenía alguna noción de los apellidos y luego me encontré casualmente con una tía que fue quien me puso sobre la pista. Así fue cuando me puse a investigar de lo que había pasado en la zona de Abenójar de cabo a rabo a ver si encontraba datos. Llegué hasta a escribir al archivo militar de Guadalajara", explica Avelino.

Así pudo saber que fue uno de los maquis el que confesó que había pastores que ayudaban a los guerrilleros. "Fueron a por él una tarde, lo cogieron por la mañana a él y a otro pastor y los fusilaron juntos al lado de una encina, que yo también he ido a ver. 

Fue al lado de la casa", relata García. El descubrimiento de su historia familiar ha sido "grandioso para él", porque le ayudó a llenar el "vacío" que sentía por no saber realmente quién era y de dónde venía. "Es un vacío existencial. Yo sigo sin llevar los apellidos que me corresponden", explica. 

No sólo fue la historia de su abuelo, sino también la de sus tíos, que también fueron ejecutados durante la dictadura franquista. Uno de los hermanos de su abuelo está enterrado en Cantabria: "todo esto supone un reencuentro con esta parte perdida de nuestra familia , algo que considero que nos robaron a todos", recalca. 

Todavía no han sido capaces de saber "al cien por cien" donde está enterrado Avelino García, porque existe una fosa donde se supone que está, pero hay tres cuerpos, no dos. "Hemos investigado para saber donde está, pero hay un baile en las fechas que no nos ha permitido saberlo", relata. 

"Independientemente de que sea mi abuelo o no, de que sea la fosa o no, nosotros ya tenemos una lápida con su nombre. Hay un sitio donde se puede ir y para mí, mi abuelo está ahí, y puede que esté a otros 20 metros, pero su memoria está ahí, en Abenójar. Ha vuelto a su sitio", asegura Avelino.

 Para su abuela también fue un momento decisivo en su vida, tal como se puede ver en el documental 'La importancia de llamarse Avelino García', realizado por Jorge Moreno Andrés. "Fue la primera vez que ella reconoció quién era mi abuelo. Fue algo muy sentimental".

Pero, además, García vio que en su familia seguía existiendo un miedo que se a arrastrado durante décadas y décadas. "Mi abuela todavía tenía miedo. Siempre me preguntaba que por qué me metía en estos líos y cuando yo le respondía, me decía que era porque tenía miedo de que me hicieran lo mismo que le hicieron a él. Imagínate la mentalidad de una persona que sigue viviendo así desde 1940 y todavía tiene miedo que a su nieto le pudieran hacer lo que le hicieron a su marido", lamenta García. 

Gracias a esta investigación, la abuela pudo empezar a hablar de lo que había sido su historia "como nunca lo había hecho, con muchos detalles, pero siempre con miedo". Y es que le insistía a Avelino que "nosotros pensábamos que no podía pasar, y pasó". Sus hermanos también pudieron recuperar esta parte de su identidad y siempre se ha sentido muy apoyado por ellos, algo que valora "tremendamente", en lo que llama la recuperación de "las raíces de su vida". 

Por eso, explica, reconocer quién fue Avelino García Romero fue una manera de reintroducirlo en su familia: ahora cuando visita la casa de su abuela en Abenójar, puede ver la foto de su abuelo. "Voy a Abenójar y me siento de allí", concluye."              (Francisco Bravo, eldiario.es, 07/04/18)

16/4/18

El olvidado bombardeo franquista que masacró la población de Alcañiz (Teruel). Cayeron más bombas que sobre Guernica

"lena Bardavío Julve tenía 14 años el 3 de marzo de 1938, eran las 16 horas y 9 minutos, esperaba su turno en la cola de una tienda en la calle Mayor: “..Fue gordo, gordo, nunca se había oído uno tan fuerte, fue un buen rato, parecía que había parado y otra vez volvió a repetir..”. 

Se metió bajo un mostrador y salió mucho tiempo después de que se hubieran ido los aviones, “..en la calle se veía como una niebla, se habían caído casas, había gente muerte en la calle. Eran todo gritos y gritos, todos como locos, por la calle Mayor bajaba como fuego, como algo encendido..”.

No hubo información de primera mano, ni crónicas desde el lugar de los hechos, ni testimonios gráficos, ni corresponsales extranjeros. A pesar de que el bombardeo de Alcañiz fue de los más graves de la guerra, los libros de historia han contado poco. El bombardeo de Gernika no se pudo silenciar, había periodistas extranjeros en ese momento. 

El de Alcañiz ha estado silenciado durante 80 años, la población testigo tuvo que huir rápidamente en condiciones deplorables, porque a los pocos días entraron los nazionales que no querían que la gente supiese lo sucedido, mintieron diciendo que habían sido los rojos los que lo habían hecho.

Alcañiz tenía 9.000 habitantes y una población flotante de 3.000 militares. Hubo adultos que se libraron porque estaban en el campo, pero en la ciudad quedaban los abuelos, los niños de recreo con sus maestros en El Cuartelillo, en La Glorieta, jugando. El día era soleado, agradable, azul, algo festivo, las mujeres lavaban ropa en el río, durante la tarde de los jueves las parejas salían, los jóvenes iban al cine.

 La ciudad tenía refugios antiaéreos y normas de utilización pero nadie esperaba las bombas porque no hubo avisos, no sonaron las sirenas, la población no tuvo tiempo de alcanzar los refugios antiaéreos.

Tres escuadrillas, cada una con 5 bombarderos Savoia Marchettti S-79 escoltados por cazas, descargaron 10 toneladas de bombas sobre el casco urbano. Los aparatos de la Aviación Legionaria Italiana al servicio de los nazionales, procedían de la base de Logroño bajo el mando directo del Jefe del Estado Mayor de Aviación del Ejército de Franco. 

Las descargas mortíferas se iniciaron en las carreteras de Zaragoza y de la Estación, siguiendo por La Glorieta, Muro de Santiago y calles adyacentes a la Calle Mayor, Cuartelillo, Escolapios y Plaza del Mercado.

 También cayeron bombas por el Corcho y la Carretera Nueva.
La masacre fue espeluznante, según José María Maldonado, autor de la novela sobre el bombardeo de Alcañiz “El dolor del silencio”, y el libro “Alcañiz, 1938. El bombardeo olvidado”: “..nunca conoceremos el número exacto de víctimas porque carecemos de un registro oficial, pero según los testigos serían más de 500 personas, quizá hasta un millar..”. 

Muchos eran niños y mujeres que estaban lavando cerca del puente. Los atacantes no discriminaron: El hospital fue blanco del ataque provocando numerosos heridos. Se destruyeron 188 casas, prácticamente todo el casco urbano de la ciudad se vio afectado.

En la Plaza del Mercado, una bomba alcanzó un camión cargado de bidones de gasolina, provocando tal explosión e incendio que muchas víctimas desaparecieron fundidos por la intensidad del fuego. 

Varios cazas ametrallaban a la gente en las calles. Los alcañizanos jamás imaginaron como la muerte podía llover del cielo de aquella manera. Las escenas de horror «fueron tremendas», llantos de niños buscando a sus padres, padres desesperados buscando a sus hijos entre polvo y restos descuartizados. Sobre Alcañiz cayeron más bombas que sobre Gernika, donde murieron unas 300 personas, aunque en Alcañiz no lanzaron bombas incendiarias. Fue un crimen contra la humanidad que durante muchos años cayó en el olvido.

Alcañiz era la población más grande de la zona, un lugar de retaguardia donde no se libraba ninguna batalla. No sufrió enfrentamientos bélicos ni en julio de 1936 ni en 1938. Los bombardeos masivos de la guerra de España sirvieron de ensayo para esos mismos aviones durante la Guerra mundial. Por eso en los archivos italianos hay fotos desde el aire del bombardeo de Alcañiz. 

Fue un ensayo de la guerra relámpago, utilizada poco tiempo después por el ejército nazi en sus rápidas victorias iniciales: Un bombardeo aéreo devastador, pánico, desmoralización, irrupción masiva y veloz después con fuerzas terrestres móviles y aéreas por sorpresa mediante cuñas y bolsas para atrapar al enemigo.

Tras el enorme desgaste sufrido por el ejército republicano en las batallas de Belchite y Teruel, el bombardeo de Alcañiz fue el presagio de la Batalla de Aragón. Alcañiz se bombardeó como decía la orden general para la ofensiva, firmada por el General Kindelán: “Para amedrentar a la población civil”. 

A los 9 días del bombardeo, las tropas franquistas tomaron el pueblo. Muchos alcañizanos escaparon, más de 2.000 se exiliaron, algunos no se libraron del horror, en la matanza de Oradur sur Glane, el pueblo francés donde los nazis asesinaron a 642 personas, hubo 5 alcañizanos que perdieron la vida: Francisco Gil Egea, Francisca Espinosa, sus 2 hijas de 14 años y Carmen Espinosa. Otros acabaron en campos de concentración y otros pudieron huir.

El proyecto de ley memorialista de Aragón en trámite parlamentario, señala el 3 de marzo como Día de la Memoria Democrática de la comunidad. En Alcañiz se realizan este día varios actos en recuerdo y homenaje a las víctimas del bombardeo."              (Tulio Riomesta, Documentalismo memorialista y republicano, 10/04/18)

13/4/18

A su madre, la criada, la habían echado a la calle tras quedarse embarazada del señorito...

"A su padre se lo presentaron sus vecinos. Montones de veces. Y a distancia. «Ese que va por ahí es tu padre». Medio Utrera sabía que ese mocoso era hijo del señorito. Que a su madre, la criada, la habían echado a la calle tras quedarse embarazada. 

Casi 60 años después ya lo sabe la otra media y España entera. Pero lo importante era que le quedara claro a los jueces. Es la única manera de asegurarte de que acabarás cobrando una herencia de dos millones de euros.
Ya es la tercera sentencia que le da la razón. 

El Tribunal Supremoha ratificado que Esteban Marchena es hijo de un rico empresario sevillano al que, cosas de la vida, se le olvidó incluir en el testamento al hijo bastardo que tuvo con una sirvienta menor de edad. Sus tres hermanos -dos varones y una mujer- no se lo han puesto fácil. «Intenté ponerme en contacto con ellos antes de todo esto pero no quisieron saber nada». 

 La sentencia, emitida esta misma semana, es la puntilla a un proceso judicial que ha durado diez años. Lo que teme Esteban, sin embargo, es que también sea la antesala de otro: la Justicia le ha reconocido como hijo ilegítimo, pero ahora debe convencer a sus hermanos para compartir la herencia. (...)

Una viuda con siete hijos recogió a su madre -huérfana de padre y madre- cuando ésta se quedó en la calle embarazada de Esteban. Ella se trasladó a El Coronil en busca de un trabajo para la manutención del niño, quien a los siete años acabó en un hospicio de Sevilla en el que viviría hasta los 15. 

Dos años después y con su madre enferma, fue él quien hizo las maletas en busca de un sustento para ambos. El trabajo que no había en Sevilla bien podía encontrarlo en la meca del turismo. Desde entonces, Mallorca es la casa de este camarero que construyó en la isla su propia familia. «¿Lo primero que haría con el dinero además de jubilarme? Unos viajecitos, unas fiestecitas... Y con siete nietos nunca te va a faltar donde gastar dinero».

Por lo pronto, él diría que aún le queda un tiempo para gastarse ese dinero. Sus hermanos han hecho todo lo humanamente posible para no tener que compartir ni un euro: destruir pruebas documentales que vinculaban a sus padres, sobornar a testigos citados para declarar en contra de lo que sabían... Incluso llegaron a desenterrar a media familia para quemar sus huesos. 

«Al sepulturero le dieron dinero y un bote de lejía para limpiar los nichos. Yo había ido con mi señora meses antes y ahí estaba la lápida con los restos de mi padre». Con la ayuda de su abogado, Esteban logró demostrar que sus hermanos habían exhumado los cuerpos de su padre (y de paso de dos parientes más) y lo habían trasladado hasta el pueblo de Arahal para incinerar los restos.

Acreditado este extremo, el juez lo tuvo muy fácil. Y más después de que sus hermanos -con los que guarda un gran parecido físico- se hubieran negado a hacerse la prueba del ADN. Cuando se trata de un proceso civil, la mera destrucción de pruebas ya es suficiente para dictar una sentencia.  (...)

Otra espina que le queda es que su madre, Encarnación, no haya podido ver el final de su batalla. Murió hace solo tres años y siempre le había contestado con evasivas acerca de la identidad de su padre. Incluso después de haber encontrado una orden judicial de 1974 que confirmaba el estrupo y obligaba a su padre a indemnizarla. Hasta que inició el proceso judicial. «Entonces lo reconoció y me dijo que me apoyaría en todo para demostrarlo»."         (Enrique Fueris, El Mundo, 12/04/18)

12/4/18

Dos guardias civiles y el churrero se llevaron a su padre y a Maravillas, su hermana mayor de catorce años, que fue violada por un grupo de fascistas en el Ayuntamiento. Luego los fusilaron en el campo

"Josefina Lamberto Yoldi nació en Larraga en 1929. Habla castellano, inglés, francés y urdu. Era la menor de tres hermanas. Su madre, Paulina, era un ama de casa originaria de Allo y su padre, Vicente, un labrador socialista del pueblo.

 Criaron también a un niño y a una niña que no eran suyos, y algún que otro vagabundo solía comer y dormir en su casa. El 15 de agosto de 1936, dos guardias civiles y el churrero se llevaron a su padre y a Maravillas, su hermana mayor de catorce años, que fue violada por un grupo de fascistas en el Ayuntamiento. 

Luego los fusilaron en el campo. Los perros se comieron parte del cuerpo de la niña, que fue abandonado junto a un enebro.

¿Qué ves cuando echas la vista atrás? 

Veo a una familia de agricultores trabajando de sol a sol. Recuerdo a mi padre, la oveja negra republicana entre sus hermanos, diciéndonos: “Cualquier día vienen éstos y nos cortan la cabeza”. Me acuerdo perfectamente de ese día. Después nos quitaron la yegua y detuvieron a mi madre tres días. 

Estaba en la puerta de mi casa, con mi hermana, cuando pasó una mujer mala que gritaba en voz alta: “A las pequeñas también, que luego crecen”. Recuerdo a mi madre pidiendo limosna y sirviendo otra vez en la casa en la que había trabajado de soltera. Mi hermana y yo también tuvimos que hacerlo, pero en casa de uno de los violadores.

¿Cómo lo soportasteis? 

Aguantamos un año y luego nos fuimos a Pamplona. Mi madre consiguió un trabajico en Casa Guerendiain, que estaba en la Estafeta. Se levantaba a las cuatro y media y hacía sacos de cemento en una bajera pequeña que le dejaban. Ganaba muy poco dinero. Mi hermana y yo fuimos una temporada al Auxilio Social hasta que lo dejamos porque allí había mala gente.

¿Por qué? 

Un día guardé el pan de mi cena para llevárselo a mi madre, que estaba malica en la cama. Una monja me lo quitó y me molió a palos. Había temporadas que no teníamos para pagar el alquiler y dormíamos en la escalera. Tuvimos que ponernos de internas las tres, mi hermana y yo con 15 y 12 años. Nos veíamos los domingos y mi madre aprovechaba para quitarnos los piojos y lavarnos la ropa. Estuve así hasta los 21 años.

¿Y después? 

Una amiga se metió a monja y yo la seguí. Cualquier cosa era mejor que aquello. Estuve 14 años en un orfelinato de Islamabad, en Pakistán. Me pasó de todo: enfermé de malaria, quisieron quemarnos vivas unos integristas musulmanes... Lo peor era el ambiente del convento: había algunas superioras muy crueles. 

Al final pillé una infección grave y estuve 13 meses en la cama en un sanatorio en Francia. Pedí el traslado y después de mucho insistir me lo dieron y me volví a Pamplona. Tras la muerte de Franco, empezaron a cambiar algunas cosas.

¿Qué cosas? 

El general Salas Larrazábal publicó una lista de víctimas del franquismo en la que Maravillas constaba como desaparecida y no como muerta. Le contesté con una carta pública que salió en el Diario de Navarra y así empecé a buscar a mi padre y a mi hermana.

 Las monjas me dijeron que “algo habría hecho mi padre”, me amenazaron y acabaron enviándome a Madrid. Al final, perdí la fe y en 1996 abandoné la vida religiosa. Estuve en un par de residencias de mayores y, en cuanto pude, regresé a Pamplona.

¿Y qué tal por aquí? 

Estupendamente. Llevo en Navarra desde 2003. La Casa de la Misericordia se queda mi pensión de 600 euros pero gano 100 euros al mes doblando las camisas de los seiscientos residentes. Todos los días un par de horas y los sábados cuatro. Ahora mismo venía de apoyar una protesta de las trabajadoras.

¿Y aparte de eso? 

Paro poco por la residencia. Me levanto a las seis y media, voy a la lavandería, desayuno y luego me marcho a colaborar con el Comedor Social París 365. Antes lavaba y tendía la ropa voluntariamente, pero ahora ya me canso mucho y solo ayudo en la tienda. Vuelvo a comer, me echo la siesta, veo Saber y Ganar o algún documental de animales, y por la tarde me voy a la biblioteca a leer la prensa o a reuniones. Estoy muy activa en las asociaciones de la memoria histórica.
¿Has vuelto a Larraga? 

Pocas veces. Al año de irnos volví con mi madre y con mi hermana, para un asunto de la casa, que acabamos perdiendo. Cogimos el tren hasta Tafalla, anduvimos 16 kilómetros, hicimos las gestiones y nos volvimos en la Estellesa. Últimamente he vuelto a un homenaje, y cuando inauguraron el Parque de la Memoria y le pusieron el nombre de mi hermana a una calle. Han sido momentos emocionantes pero también difíciles.

¿No te sientes apoyada? 

Sí, pero también noto que alguna gente no lamenta lo que ocurrió y eso es muy difícil de llevar."    (Entrevista a Josefina Lamberto, El Salto, 24/11/17)

11/4/18

Mondoñedo homenaxea 80 anos despois "tres homes bos, asasinados polo seu compromiso social"

"O 12 de xaneiro de 1938 foron asasinados en Mondoñedo Siervo González Rivas, Graciano Paz Amieiro e Manuel Rodríguez Núñez. 80 anos despois os tres recibirán unha homenaxe a través dunha iniciativa veciñal, apoiada pola totalidade dos grupos que forman parte da corporación municipal.  (...)

"Os tres homenaxeados foron uns mindonienses bos, asasinados polo seu compromiso social e pola súa entrega a un Mondoñedo mellor, socialmente máis xusto, desenvolto culturalmente e democraticamente avanzado", destaca Xulio Rodríguez (...)

Siervo González Rivas (Mondoñedo 1886-Mondoñedo 1938), foi funcionario municipal (recadador de impostos), directivo da Sociedade de obreiros católicos, presidente da sección local da Confederación Nacional do Traballo e militante do Partido Sindicalista e da Unión Socialista Galega, sendo cabeza de lista desta forza política nas eleccións ao congreso de 1933.

 Logo da sublevación do 18 de xullo de 1936 foi sometido a depuración e expulsado do seu posto. Graciano Paz Amieiro “O Latoeiro” (Mondoñedo 1893-Mondoñedo 1938), foi tesoureiro da Sociedade de obreiros católicos desde 1926 até 1932, directivo do Sindicato de oficios varios da CNT e militante da Unión Socialista Galega. Manuel Rodríguez Núñez (Mondoñedo 1893-Mondoñedo 1938), era comerciante e ocupou responsabilidades directivas na Sociedade de obreiros católicos, de cuxo orfeón fixo parte; militou ao tempo na CNT, no Partido Sindicalista e na Unión Socialista Galega.

Os tres foron asasinados entre as catro e as cinco da tarde dese 12 de xaneiro, rexistrándose a súa morte a causa de "traumatismo por arma de fogo". Os seus cadáveres foron deixados na Travesa dos Remedios. (...)

O pasado ano Ramón Ermida presentou a súa obra Mortos por amor á terra, destacando que “a represión política que se viviu en Mondoñedo a partir de 1936 é tamén resultado da viveza da sociedade mindoniense no período republicano. Un Mondoñedo que contaba con agrupacións políticas como o PSOE, Izquierda Republicana, Partido Galeguista, Partido Sindicalista e mesmo coa Unión Socialista Galega.

 Un Mondoñedo cunha importante presenza sindical, na que destacaba a CNT e a UXT que organizaban importantes mobilizacións no primeiro de maio, pero tamén un Mondoñedo vivo culturalmente, como testemuña o xornal nacionalista Galiza, impulsado por Álvaro Cunqueiro, a oficina poética do Noroeste Galego, ou a celebración dos Maios. O Franquismo sen dúbida algunha representou un punto e aparte na historia de Mondoñedo”.

Ermida engadiu que “a proba do nove da dureza da represión franquista son os 8 mindonienses asasinados a consecuencia da súa militancia democrática”, lembrando que 29 veciños da localidade sufriron algún tipo de represión pola súas ideas políticas. O autor destacaba a acción dos grupos paramilitares entre os que salientaba o coñecido como o “coche do cangrexo” ou “coche do centolo”, formado maiormente por falanxistas de Ribadeo e de Viveiro."              (Praza Pública, 23/12/17)

10/4/18

1936, condena consorte: cuando ser hija, hermana o esposa suponía la muerte

“Su instrucción era muy superior a la del conjunto de las mujeres, pero conocemos mal su afiliación política o sindical, si es que la tenían”, ya que “solo la hemos documentado en la sexta parte de las asesinadas por los sublevados, y en una proporción muy reducida de las asesinadas por los republicanos, entre las que se encuentran dos mujeres de izquierdas”, 

sostiene el historiador y periodista zaragozano Antonio Peiró en Eva en los infiernos (Comuniter, 2018), un libro pionero en el que, durante varios años, ha recopilado y estudiado las biografías de 781 mujeres fusiladas por los sublevados (594) y los republicanos (187) durante la guerra civil en Aragón.

Sus investigaciones han puesto sobre la mesa dos estremecedoras realidades sobre la eliminación violenta de mujeres durante la guerra civil a manos de los dos bandos: muchas murieron porque los escuadrones de la muerte no encontraron en sus casas a quien buscaban, y en buena parte de los casos la represión se centró en el segmento más formado de la población femenina de ambos bandos. Es decir, que la represión tuvo algunos rasgos selectivos.

Por una parte, “hay un número importante de mujeres que son fusiladas por sustitución. Van a por el padre, el marido, el hermano o el hijo, no lo encuentran y se las llevan a ellas”, ya que “había una tendencia a atribuir a la mujer la afiliación del padre o de los hermanos”, explica Peiró, que cita para referirse a este fenómeno el término “delito consorte”, acuñado por la historiadora Ángeles Egido.

La afiliación de la quinta parte de las asesinadas por los sublevados que ha logrado documentar (17 de 85) resulta dudosa, mientras que más de la mitad de las víctimas de los republicanos que ha logrado cotejar, que no llega a un tercio, eran “de derechas”, sin mayor concreción.

Formación muy por encima de la media

Por otra parte, en muchos casos, se trataba de mujeres más formadas que la media. Aunque “es difícil concretar número”, señala, “el número de las [fusiladas] que saben leer y escribir es mayor que la media, aunque el perfil general es muy parecido al de la población”. Eran, en ambos bandos, dos tercios de las víctimas en las que ha sido posible determinar el grado de instrucción, una proporción netamente superior a la media del país.

“Se trataba, en general, de un grupo de mujeres más instruidas, que en algunos casos pronunciaban mítines, escribían en prensa o leían a sus amigas”, señala Peiró sobre las víctimas de los sublevados. “Esta mayor capacidad para informarse por sí mismas, y para formar e informar a los demás, las hacía especialmente peligrosas a los ojos de sus verdugos”, añade.

“Al intentar componer un perfil me dí cuenta de que el perfil prácticamente no existe. Hay víctimas de 16 y de 80 años”, indica, aunque sí pudo constatar que “la formación de las víctimas era superior a la media de la población y el porcentaje de mujeres que trabajaba fuera de casa también lo era”.

“El modelo de ‘las trece rosas’, de mujeres jóvenes militantes, no se da entre las víctimas, no es específico”, anota. En cambio, sí “había una tendencia, sobre todo en los pueblos, a identificar a la familia con una ideología”.

Asesinatos en caliente y en territorios sensibles

Los asesinatos de mujeres fueron, en ambos bandos, crímenes perpetrados mayoritariamente “en caliente". Los cometían sobre la marcha grupos informales y en dos periodos muy concretos, al comenzar la guerra, en 1936, y al caer el frente de Aragón, en 1938”. Tres cuartas partes de las mujeres fueron asesinadas en el primer año de la guerra.

“Normalmente eran milicianos o grupos informales los que se encargaban de este tipo de represión”, señala, ya que “en la retaguardia cualquier movimiento podía hacer saltar las líneas”. Esa actuación no dejaba de responder en el bando sublevado a las indicaciones de algunos de sus jefes, como el general Queipo de Llano, cuyas órdenes imponían “una gran violencia“, o las alusiones a ganar la guerra “a cualquier precio” del propio Franco.

Tres quintas partes de las mujeres asesinadas por los facciosos murieron en su pueblo, cifra que en las víctimas de las milicias republicanas supera la mitad, y la mayoría de las restantes en las ciudades a cuyas prisiones eran trasladadas.

Doce veces más que en Catalunya

Peiró puso en marcha su investigación cuando, al estudiar listas de fusilados, le llamó la atención que “en Aragón la proporción de mujeres asesinadas sobre el total de víctimas es mucho más alta que en cualquier zona de alrededor, muchísimo más alta que en Navarra, en La Rioja y en la Comunitat Valenciana, e incluso doce veces superior a la de Catalunya”.

Ese patrón se dio con mayor intensidad en las zonas controladas por los sublevados y cercanas al frente, “precisamente por su situación fronteriza”, ya que para ellos “era fundamental evitar que los republicanos contasen con apoyos en el territorio que ellos controlaban”.

No obstante, “la represión también fue intensa” en las tres capitales de provincia, Calatayud y Jaca. “La proporción de mujeres entre las personas asesinadas fue también mucho más elevada; los hombres jóvenes estaban en el frente, pero las mujeres –de cualquier edad- seguían masivamente en sus casas”, anota.

En la zona oriental de la comunidad, controlada por los republicanos hasta la primavera de 1938, “no existe un patrón claro de distribución geográfica” en los asesinatos de mujeres, salvo la concentración en Teruel, única capital de provincia que cambió de bando dos veces durante la guerra, y en varios pueblos de sus alrededores.

Más de 12.000 represaliados en Aragón

Esos indicios le llevaron a emprender una investigación pionera en la que ha recopilado datos biográficos de las 781 mujeres asesinadas en Aragón durante la guerra civil y hasta 1945. En unos casos, con perfiles completos, mientras que en otros únicamente ha podido elaborar una breve ficha. 

“Había una tendencia generalizada a falsificar los datos”, explica, tanto en la causa general como en los registros carcelarios y en otras fuentes. Eso, cuando existen fuentes.
El trabajo de Peiró eleva a 594 las 410 represaliadas por los fusilados en Aragón que Julián Casanova había documentado en “El pasado oculto”, en el que estima en 8.556 las víctimas del bando franquista en las tres provincias.

Ese aumento del 44% “obliga a reconsiderar las cifras absolutas de la represión en Aragón, que probablemente se sitúan por encima de las 12.000”, señala. “El trabajo de Casanova y su equipo es modélico, lo que ocurre es que cuando vas trabajando más fuentes las cifras aumentan”, matiza."        (Eduardo Bayona, Público, 01/04/18)

9/4/18

'En Colombia no vivimos, sobrevivimos con mucho miedo a ser asesinados'. "El paramilitarismo ha vivido de la guerra y la guerra es un negocio que tiene que continuar para que siga en el poder la misma clase política”. Álvaro Uribe es el “jefe de los paramilitares y del narcotráfico en Colombia”

"Desde el último día que estuve en Colombia hasta ahora he tenido una tranquilidad enorme. Sin ese miedo a que te puedan matar. Allí, en el día a día no se vive, se sobrevive con mucho miedo, es una zozobra enorme. No eres tú misma. Para salir de casa tienes que mirar a todos los sitios, tienes que identificar a cualquier persona que te cruzas. A veces sientes que te van a disparar por la espalda”. 

 Silvia Irene Berrocal, colombiana de 62 años, lleva casi seis meses acogida temporalmente en España gracias al Programa Catalán de Protección a Defensores y Defensoras de los Derechos Humanos, gestionado por la Comisión Catalana de Ayuda al Refugiado.

El programa es un paréntesis de seis meses en un día a día aterrador en el que los acogidos reciben formación y atención psicosocial ante de regresar de nuevo a su país de origen, donde su papel en la defensa de los derechos y en la denuncia pública de las violaciones muy a menudo les cuesta la vida. 

Los líderes comunitarios como Berrocal, miembro de la Fundación Forjando Futuros e impulsora de la Corporación de víctimas sobrevivientes del conflicto en Urabá-Visionando la Paz (COMUPAZ), siempre han sido un “objetivo militar” para los grupos insurgentes y paramilitares colombianos, pero la sangría no ha hecho más que crecer desde que uno de los actores armados, la guerrilla de la FARC, dejó la actividad armada. Razón por la que los colombianos son la tercera nacionalidad, por detrás de venezolanos y sirios, que más solicita asilo en España.

“Para el Estado colombiano la situación se ha tranquilizado. Ya no está en guerra con las FARC. Pero para nosotros la cosa se ha puesto bastante peor”, asegura Edilberto Daza, de 51 años, el otro líder comunitario acogido bajo el programa catalán este año. 

En los 16 meses que lleva en marcha el proceso de paz ya han sido asesinados más de 225 líderes y lideresas sociales y defensores de Derechos Humanos. Además de 36 excombatientes de las FARC que entregaron las armas y familiares de ellos”, describe este líder campesino de los departamentos de Meta y Guaviare. 

Es dirigente de la Fundación DHOC y la Asociación Campesina de Medianos y Pequeños Productores del Río Cafre (AgroguejarCafre). A sus espaldas, 35 años de denuncia y defensa de los campesinos ante el robo de tierras por los “grandes terratenientes y sus paramilitares”.

No es una percepción suya. La Defensoría del Pueblo de Colombia ha llamado la atención sobre el aumento de estos asesinatos selectivos. Desde 2016 hasta febrero de 2018, 282 líderes sociales y Defensores de Derechos Humanos han sido asesinados, según este organismo público. El programa Somos Defensores, que presenta anualmente el informe más detallado, documentó que en 2017 murieron de forma violenta 106 líderes sociales, “uno cada tres días”.

Entre los verdugos, siempre grupos paramilitares vinculados al narcotráfico, la guerrilla del ELN, el propio Ejército nacional y los grupos disidentes de las FARC que no se desmovilizaron.

Víctimas también del Estado

Berrocal y Daza siguen vivos, pero amenazados de muerte. Y ambos se siente víctimas, además, de una Estado que apenas les ofrece protección y que ni siquiera se toma en serio su problema, afirman.

 “Dicen que ya no hay paramilitares en Colombia, que los defensores mueren por disputas personas o por líos de faldas”, asegura Berrocal, que también denuncia la permeabilidad de las instituciones del Estado que, supuestamente, deben garantizar su seguridad. 

“Cuando denunciamos abusos, crímenes o amenazas, ya sea a la Fiscalía, a la Policía o a la Defensoría del Pueblo, ellos saben quién denuncia y a quién se denuncia. La Justicia trabaja con ellos. Por eso asesinan a muchos, porque en cuanto se hace una denunciad, se informa a los paramilitares”, lamenta.

Berrocal es, en realidad, una “doble víctima”. Su hijo de 16 años fue uno de los 35 asesinados por un comando de las FARC en 1994. Aquella matanza se conoce como la masacre de La Chinita, un barrio obrero de San José de Apartadó (Antioquia) donde los guerrilleros dispararon indiscriminadamente durante una verbena popular. 

Su objetivo, al parecer, eran algunos exguerrilleros del Ejército Popular de Liberación, un grupo armado que se disolvió en 1991 y que se convirtió en objetivo de las FARC. “Pasé un tiempo de duelo, pero una no puede quedarse para siempre instalada en la pena. Tiene que hacer algo, por ella misma y por los que están su misma situación”, subraya.

 "El paramilitarismo ha vivido de la guerra y la guerra es un negocio que tiene que continuar para que siga en el poder la misma clase política"

Así comenzó a organizarse hasta que logró que el Gobierno declara ese barrio como barrio “sujeto de reparación colectiva”. Pero Berrocal no se quedó ahí. Ella quiere la paz en su país, y no tuvo reparos en abrazar en público a los asesinos de su hijo para conseguirlo. En 2016, participó en las negociaciones de La Habana entre el Gobierno y las FARC para lograr, en nombre de su organización, que la guerrilla reconociera el crimen, entonara el mea culpa y pidiera perdón a las víctimas.

 Lo consiguió, pero aquella foto del acto público entre los líderes de la guerrilla la colocó en el saco de quienes apoyan el proceso de paz, de quienes “apoyan a los terroristas, dice la ultraderecha”, critica. 

“Lo que hicimos fue un proceso de reconciliación para que dejaran de disparar muchos fusiles en Colombia. Y eso, a los paramilitares no les gustó porque ellos son los menos interesados en que haya paz. 

Me convirtieron en objetivo militar y recibo amenazas de muerte”, explica. Se las toma en serio porque ya ha visto morir a algunas compañeras de lucha. Su compañero Daza lo confirma. "Por apoyar el proceso de paz somos objetivos de los paramilitares, estamos amenazados de muertes".

El uribismo, tras los paramilitares

"El paramilitarismo ha vivido de la guerra y la guerra es un negocio que tiene que continuar para que siga en el poder la misma clase política”, asevera la defensora de Derechos Humanos. Lo mismo opina su compañero Daza, que apunta al expresidente Álvaro Uribe y a su sector político como “jefe de los paramilitares y del narcotráfico en Colombia”.

 “Durante su gobierno, los grupos paramilitares se desmovilizaron, pero en realidad lo que hicieron fue legalizarlos porque siguen extorsionando, robando tierras a los campesinos y haciendo negocios del narcotráfico. El paramilitarismo es un brazo armado del Estado que hace el trabajo sucio de matar a los dirigentes comunales que reclaman sus tierras y sus derechos. Son sostenidos por el Estado para que cuiden de sus intereses”, relata.

Para Daza no es casualidad que Uribe sea el “mayor terrateniente” del país. “Él y su familia tienen más de 15.000 hectáreas solo en la región del Meta, tienen más de 100.000 hectáreas de cultivo de palma, tiene las mayores industrias de carne de cerdo del país y controla el negocio de la recogida y gestión de basuras, además de estar inmerso en numerosos procesos judiciales. Necesita que su gente siga en el poder para no acabar en la cárcel”, asevera.

El secuestro de Daza

La prueba de que el Estado y los paramilitares son, en muchas ocasiones, dos caras de la misma moneda la vio este dirigente campesino con sus propios ojos. “En 2005 mi organización apoyó un gran paro agrario ante el robo de tierras de cultivo por los paramilitares y los terratenientes en la región del Meta. 

Nos organizamos como colectivo, registramos la asociación y comenzamos a denunciar con nombre y apellidos quién estaba detrás de los saqueos, asesinatos de campesinos y violaciones de sus mujeres para que se fueran de las tierras. En 2007 fui secuestrado por un grupo paramilitar. Me iban a matar, pero la casualidad fue que encontraron mi carnet de acción comunal, así que me llevaron ante el comandante paramilitar para ver qué hacían conmigo”.

"O se marcha o es hombre muerto. Las órdenes son matarle"

Ese comandante resultó ser un antiguo campesino que Daza conocía de años atrás. “Me reconoció y me dejó libre, pero antes me dijo que teníamos que hablar con su comandante. Cuando me llevó ante él resultó que su jefe era un teniente del Ejército colombiano”. Su confusión era enorme. 

 “Estaban juntos. ¿A quién estábamos denunciando entonces, a los paramilitares o al Estado?”, se preguntaba. “Aquí nos toca trabajar coordinados”, asegura que le dijo el teniente. El consejo que le dio el jefe paramilitar fue claro. “O se marcha o es hombre muerto. Las órdenes son matarle. Yo te conocía, pero habrá otro comandante que no”, le apercibieron.

Fue entonces cuando le tocó desplazarse de su región natal. Ahora, como verificador de la implementación de los acuerdos de paz, ha vuelto a trabajar en las regiones, pero ya ha sufrido un intento de atentado y múltiples amenazadas. “Por SMS, por e-mail, por teléfono, por Whatapp. Así así todos los días”, relata.

Critican la falta de medidas de seguridad por parte del Estado, pero también que, "cuando son los mismos campesinos los que localizan y retienen a paramilitares armados, que han confesado que venían a matar campesinos, la justicia les deja libres a los pocos días". "No podemos confiar en nadie", afirma.

En pleno periodo electoral en Colombia, estos dos defensores de Derechos Humanos confían poco en que “un país tan corrupto y tramposo” pueda cambiar de la noche a la mañana. Sólo piden que su situación se conozca, que se sepa que en Colombia, los Derechos Humanos son vulnerados cada día y que la comunidad internacional sepa lo que ocurre. También albergan la esperanza de que el uribismo no gane las elecciones.

 “Lo único que tenemos es un proceso de paz. Falta mucho para que se cumpla del todo, pero es más que lo que había antes. Si Iván Duque sale presidente ya han avisado de que no van a seguir adelante con los acuerdos”, advierte Berrocal."                 (Jairo Vargas, Público, 06/04/18)