15/12/17

Salma Hayek: Mi monstruo, Harvey Weinstein

"Harvey Weinstein era un cinéfilo apasionado, alguien que tomaba riesgos, un promotor del talento fílmico, un padre amoroso y un monstruo.


Durante años, fue mi monstruo.


En este otoño me abordaron reporteros que dieron con mi nombre por varias fuentes, incluida mi querida amiga Ashley Judd, para hablar sobre un episodio de mi vida que, aunque es doloroso, pensé que había superado.


Me había lavado el cerebro a mí misma, convenciéndome de que ya se había acabado y que había sobrevivido; eludí la responsabilidad de pronunciarme en público al respecto con la excusa de que ya había suficiente gente involucrada en poner los reflectores sobre ese monstruo personal. No pensé que importara mi voz o que usarla haría la diferencia.


La verdad es que intentaba protegerme del desafío de explicarle varias cosas a mis seres queridos: por qué, cuando mencioné de manera casual que había sido atosigada por personas como Harvey, no di todos los detalles. Y por qué durante tantos años había mantenido una relación cordial con un hombre que me hirió de manera tan profunda. 

Estoy orgullosa de mi capacidad para perdonar, pero el simple hecho de que estaba apenada por tener que describir los detalles de eso que había perdonado me hizo preguntarme si realmente había hecho las paces con ese momento de mi vida.

Cuando tantas mujeres dieron un paso al frente para describir lo que les hizo Harvey, tuve que enfrentarme a mi cobardía y aceptar humildemente que mi historia, aunque fuera tan importante para mí, no era más que una gota en un océano de pesar y confusión. Sentí que a estas alturas a nadie le iba a importar mi dolor; quizá era un efecto de todas esas veces que me dijeron, especialmente Harvey, que no era nadie.


Por fin empezamos a tomar conciencia sobre el vicio que ha sido socialmente aceptado y que ha insultado y humillado a millones de niñas como yo, porque dentro de cada mujer hay una niña. 

Me inspiraron aquellas que tuvieron la valentía de decir algo, especialmente en una sociedad que votó por un presidente que fue acusado de acoso y abuso sexual por más de una decena de mujeres y a quien hemos escuchado decir que un hombre en el poder puede hacer prácticamente lo que quiera con las mujeres.


Pues hasta aquí.


En los catorce años que transcurrieron desde que pasé de colegiala a estrella de telenovelas mexicanas a ser extra en algunas películas estadounidenses y a tener un par de golpes de suerte con Desperado y Un impulsivo y loco amor (Fools Rush In), Harvey Weinstein se había convertido en el gran mago de la nueva ola del cine que llevó contenido original a las grandes audiencias. 

Al mismo tiempo, era impensable que una actriz mexicana aspirara a ser parte de Hollywood. Y aunque había comprobado que esa idea era errónea, todavía era “nadie”.

Una de las fuentes de fortaleza que me dio la determinación para impulsar mi carrera fue la historia de Frida Kahlo, quien, en la era dorada del muralismo mexicano, hacía pinturas íntimas que los demás desdeñaban. 

 Tuvo la valentía de expresarse y de ignorar a los escépticos. Mi mayor ambición era contar su historia. Retratar la vida de esta artista extraordinaria y mostrar a mi México de una manera que desmintiera estereotipos se volvió mi misión.

El imperio de Weinstein, que en ese entonces era Miramax, se había vuelto el sinónimo de calidad, sofisticación y de tomar riesgos; un refugio para artistas que eran complejos y desafiantes. Eso era todo lo que Frida significaba para mí y todo lo que aspiraba ser.

Había empezado el proceso para producir la película con otra compañía, pero luché para recuperarla y llevarla con Harvey.


Lo conocía un poco gracias a mi relación con el director Robert Rodriguez y la productora Elizabeth Avellan, quien era su esposa en ese entonces y quien me había acogido bajo su tutela tras hacer algunas películas con ella. 

Lo único que sabía de Harvey en ese momento era que tenía un gran intelecto, que era un amigo leal y que era un hombre de familia.

Con lo que sé ahora, me pregunto si no fue solo mi amistad con ellos —así como con Quentin Tarantino y George Clooney— lo que me salvó de ser violada.


El acuerdo que hicimos en un inicio era que Harvey pagaría por los derechos del trabajo que ya había empezado a desarrollar. Como actriz, me pagarían la tarifa mínima prevista por los tabuladores del Sindicato de Actores de Cine estadounidense y un 10 por ciento adicional. Como productora recibiría un crédito aún indefinido, lo que no era inusual para una productora en los años noventa. También pidió un acuerdo firmado para que hiciera otras películas con Miramax, lo que pensé iba a consolidarme como actriz protagónica.


No me importaba el dinero; estaba extremadamente emocionada por trabajar con él y con la empresa. En mi ingenuidad pensé que se había cumplido mi sueño. Había validado los últimos catorce años de mi vida y había apostado por mí, la “nadie”. Dijo que sí.

No sabía que muy pronto yo tendría que decir no.


No a abrirle la puerta a cualquier hora de la noche en hotel tras hotel y locación tras locación donde se aparecía inesperadamente, incluido un sitio en el que estaba rodando una película en la que él ni siquiera estaba involucrado.


No a bañarme con él.


No a dejarlo que me viera bañarme.


No a dejarlo que me diera un masaje.


No a que un amigo suyo, desnudo, me diera un masaje.


No a dejarlo que me hiciera sexo oral.


No a desnudarme junto con otra mujer.


No, no, no, no, no…


Con cada rechazo surgía la ira maquiavélica de Harvey.


No creo que odiara nada más que la palabra “no”. Las demandas absurdas iban desde recibir una llamada iracunda a la mitad de la noche en la que me pedía que despidiera a mi agente por una pelea que tenían sobre una película distinta con otro cliente a sacarme de una gala de estreno en el Festival de Cine de Venecia, que fue organizada por Frida, para estar en una fiesta privada con él y unas mujeres que pensé que eran modelos pero después me enteré que eran prostitutas.


Sus tácticas de persuasión iban desde hablar dulcemente y prometer cosas hasta aquella vez que, en un ataque de ira, dijo las palabras más temibles: “Te voy a matar, no creas que no puedo”.


Cuando finalmente quedó convencido de que yo no iba a ganarme la película como él esperaba que lo hiciera me dijo que le había ofrecido el papel y mi guion, hecho con años de investigación, a otra actriz.


Para él yo no era una artista; ni siquiera era una persona. Era una cosa: una nadie, solo un cuerpo.


Para entonces tuve que recurrir a abogados. No para abrir un caso de acoso sexual sino por “mala fe”, pues había trabajado demasiado en una película que no tenía la intención de hacer ni de venderme de vuelta los derechos. Intenté salirme de su empresa.


Él reclamó que mi nombre como actriz no era suficientemente conocido y que como productora era incompetente; pero para librarse legalmente, como yo lo vi, me dio una lista de tareas imposibles con una fecha límite muy apretada:


1. Conseguir que se reescribiera el guion sin algún pago adicional.


2. Recaudar 10 millones de dólares para financiar la película.


3. Contratar a un director de primer nivel.


4. Asegurar que actores conocidos interpretaran cuatro de los roles más pequeños.


Para la sorpresa de todos, incluida la mía, lo logré, gracias a un grupo de ángeles que me rescataron, como Edward Norton, quien reescribió de manera hermosa el guion varias veces y, terriblemente, nunca recibió el crédito; y mi amiga Margaret Perenchio, en su primera vez como productora, quien dio el dinero. 

La genio Julie Taymor acordó dirigir y desde entonces ha sido mi respaldo constante. Para los otros papeles recluté a mis amigos Antonio Banderas, Edward Norton y mi querida Ashley Judd. Todavía hoy en día no sé cómo convencí a Geoffrey Rush, a quien apenas conocía en ese entonces.


Ahora Harvey Weinstein no solo escuchó mis rechazos sino que tuvo que hacer una película que no quería hacer. De manera irónica, cuando empezamos el rodaje terminó el acoso sexual, pero la ira aumentó. Pagamos el precio de enfrentarlo casi cada día que duró la grabación. Una vez durante una entrevista él dijo que Julie y yo éramos las peores “rompehuevos” que había conocido; él lo vio como un cumplido.

A mitad del rodaje, Harvey se presentó en el set y se quejó de la uniceja de Frida. Insistió en que nos deshiciéramos del cojeo y criticó mi actuación. Luego le pidió a todos en la sala que salieran, excepto yo. Me dijo que la única cosa que tenía a mi favor era mi atractivo sexual y que en esta película no tenía nada de eso. Entonces me dijo que la iba a clausurar porque nadie querría verme en el papel.


Me destruyó el alma porque debo confesar que en ese momento, abrumada por una especie de síndrome de Estocolmo, quería que me viera como una artista: no solo una actriz capaz, sino alguien que podía identificar una historia que valía la pena contar y que tenía la visión para contarla de una manera original.


Esperaba que me reconociera como productora; una que, además de cumplir con su lista de demandas, pudo conducir el guion y conseguir los permisos para utilizar las pinturas. Negocié con el gobierno mexicano, y con quien tuviera que hacerlo, el rodaje en locaciones en las que antes no se había permitido, como las casas de Frida Kahlo y frente a los murales de su esposo, Diego Rivera, y de otros.


Pero todo eso no parecía importar. Lo único que él notaba era que no me veía sexy en la película. Me hizo dudar si siquiera era buena actriz pero nunca logró hacerme pensar que la película no merecía grabarse.


Me ofreció una opción si quería continuar. Me dejaría terminar el filme si acordaba tener una escena de sexo con otra mujer. Y demandó que hubiera desnudez total vista desde enfrente.


Había estado pidiendo constantemente que se viera más piel, que hubiera más sexo. En una ocasión Julie Taymor logró que se contentara con un tango que terminaba en un beso en vez de la escena de un encuentro sexual que quería que grabáramos entre Tina Modotti, interpretada por Ashley Judd, y Frida.

Pero esta vez me quedó claro que nunca me dejaría terminar la película sin cumplirle su fantasía, de algún modo u otro. No había cómo negociar.


Tuve que decir que sí. Para ese momento le había dedicado muchos años de mi vida a hacer esta película. Ya era la quinta semana de grabación y había convencido a tanta gente talentosa de participar. ¿Cómo iba a dejar que su magnífico trabajo se fuera a la basura?

Había pedido tantos favores y sentía una presión fuertísima para cumplir, al igual que un sentimiento profundo de gratitud por todos aquellos que creían en mí y me siguieron en el camino de la locura. Entonces accedí a hacer esa escena sin sentido.


Estaba en el set ese día que íbamos a grabar la escena que pensaba iba a salvar la película cuando, por primera y última vez en mi carrera, me derrumbé. Mi cuerpo empezó a temblar incontrolablemente, me quedé sin aliento y comencé a llorar y llorar sin poder detenerme como si estuviera vomitando lágrimas.


Dado que quienes me rodeaban no tenían conocimiento de mi historial con Harvey se sorprendieron mucho esa mañana al verme batallar. No era porque iba a estar desnuda con otra mujer. Era porque iba a estar desnuda con otra mujer por Harvey Weinstein. Pero no podía decirles eso.


Mi mente entendía que tenía que hacerlo, pero mi cuerpo no dejaba de llorar y convulsionarse. En ese momento empecé a vomitar y todos en el set estaban a la espera de empezar a rodar. Tuve que tomarme un tranquilizante, que logró que dejara de llorar pero empeoró el vómito. Como bien pueden imaginarse, no era nada sexy, pero era la única manera en la que iba a lograr terminar la escena.


Para cuando terminamos el rodaje estaba tan deshecha emocionalmente que tuve que distanciarme de los aspectos de posproducción.


Cuando Harvey vio la película ya editada dijo que no era lo suficientemente buena como para un lanzamiento en cines y que la iba a enviar directo a video.


Esta vez Julie tuvo que pelearse con él sin tenerme a mí al lado. Consiguió que accediera a lanzarla en un solo cine de Nueva York si en una prueba de audiencia obtenía una puntuación del público de 80 mínimo.


Menos del 10 por ciento de las películas consiguen esa puntuación en una primera proyección.

No fui a la prueba; esperé ansiosamente que me dijeran qué sucedió. El público le dio un puntaje de 85.


Y, de nuevo, me enteré que Harvey se encolerizó. En el vestíbulo del cine después de la proyección le gritó a Julie. Dobló una de las tarjetas en la que la gente escribió su opinión y se la lanzó a la cara; le rebotó en la nariz. Su pareja, el compositor de la película Elliot Goldenthal, intervino y Harvey lo amenazó con violencia física.


Ya que se calmó encontré la fuerza para llamarlo y pedirle que estrenara la película también en un cine de Los Ángeles; con eso serían dos salas. Y sin mucho ademán me concedió eso. Tengo que admitir que a veces era amable, gracioso e ingenioso, y eso era parte del problema: nunca sabías a qué Harvey te ibas a enfrentar.


Meses después, en octubre de 2002, la película sobre mi heroína e inspiración –esta artista mexicana a la que no reconocieron mucho en su tiempo, con su cojera y su uniceja–, esta película que Harvey nunca quiso hacer, fue un éxito rotundo en taquilla; uno que nunca podría haber predicho. Y, pese a su falta de apoyo, le añadió seis nominaciones a los Oscar a la colección de Harvey, incluida mejor actriz.


Aunque Frida ganó dos de esos premios no lo notaba nada contento. Nunca volvió a ofrecerme ser la protagonista de alguna película. En los filmes que estuve obligada a hacer con el contrato original con Miramax tuve solo papeles de reparto pequeños.

Unos años después cuando me lo encontré en un evento me apartó y me dijo que había dejado de fumar y que tuvo un ataque cardiaco. Dijo que se había enamorado y se había casado con Georgina Chapman y que era un hombre distinto. Al final me dijo: “Lo hiciste bien con Frida; hicimos una película hermosa”.


Le creí. Harvey nunca iba a saber qué tanto me importaron esas palabras. Tampoco iba a saber qué tanto me hirió. Nunca le dejé ver lo mucho que me asustaba. Cuando lo veía en eventos sociales sonreía e intentaba recordar las cosas buenas de él, diciéndome a mí misma que había ido a la guerra y había ganado.


Pero ¿por qué tantas de nosotras, las artistas, tenemos que ir a la guerra para poder contar nuestras historias si tenemos tanto que ofrecer? ¿Por qué tenemos que pelear con uñas y dientes para mantener nuestra dignidad?


Creo que es porque, como mujeres, nos han devaluado artísticamente como si fuéramos indecentes a tal punto que la industria fílmica dejó de esforzarse en averiguar lo que quieren ver las audiencias femeniles y las historias que queremos contar.


De acuerdo con un estudio reciente, entre 2007 y 2016 solo cuatro por ciento de los directores fueron mujeres y 80 por ciento de ellas pudieron hacer solamente una película. En 2016, según otro estudio, solo el 27 por ciento de los diálogos en las principales películas fueron dichos por mujeres. Y la gente se pregunta por qué no dijimos nada antes. Creo que las estadísticas se explican por sí mismas: nuestras voces no son bienvenidas.


Hasta que haya igualdad en la industria, que los hombres y mujeres tengan la misma valía en todos los aspectos de la producción, nuestra comunidad seguirá siendo tierra fértil para los depredadores.


Estoy agradecida con todos los que están escuchando nuestras experiencias. Espero que al agregar mi voz al coro de quienes por fin pudieron hablar ayudaré a entender por qué fue tan difícil hacerlo y por qué tantas de nosotras esperamos tanto tiempo. Los hombres acosan sexualmente porque pueden. Y las mujeres estamos hablando porque, en esta nueva era, por fin podemos hacerlo.


14/12/17

Los que mandaron a esos tipos a violarla eran del pueblo

"Anttoni Telleria pasó la mayor parte de su vida en silencio. Quizás por miedo. Tal vez porque no podía hacer otra cosa. Escondió, por ejemplo, el verdadero motivo por el que tenía los dedos amputados. “Siempre nos dijo que se había caído de un árbol”, recuerda Gurutze, su sobrina-nieta. 

En realidad, se los habían arrancado de un disparo cuando puso la mano sobre la cabeza de su padre, justo antes de que le mataran. También ejecutaron a su madre delante de sus ojos. Luego, los asesinos la violaron a ella. Podrían haberla matado también a ella, pero prefirieron condenarla a vivir con esa maldita imagen en la cabeza. Tenía 14 años.

Este lunes, Gurutze se enteró de una noticia tan deseada como inesperada. La historia de Anttoni y sus “aitas” (padres) será, por fin, tenida en cuenta por una jueza. No en vano, el caso de los Telleria forma parte de la investigación ordenada por el Juzgado de Instrucción número 4 de Bergara, a cargo de Maider Imaz Mendizabal.

 La magistrada ha ordenado abrir diligencias previas a raíz de la querella formulada por el ayuntamiento de Elgeta, ya que entiende que podría tratarse de un “delito de genocidio y crímenes contra la humanidad”.

 “Llega tarde, pero al menos llega”, comentó Gurutze Telleria a Público algunas horas después de que el ayuntamiento y la asociación Intxorta 1937 dieran a conocer el auto de la jueza Imaz. 

“La pena –añade- es que todo esto no haya ocurrido cuando mi tía abuela estaba viva”. En efecto, Anttoni murió en 2007, cuando aún no había ni el más mínimo atisbo de que un tribunal pudiese llegar a interesarse por su terrible historia.  (...)

 “Mi tía abuela siempre estuvo convencida de que los que mandaron a esos tipos a violarla eran del pueblo”, relata su sobrina-nieta. De ahí, quizás, los tabús y silencios que acompañaron a Anttoni durante muchos años, en los que apenas hablaba sobre su trágica historia. “Para ella era una batalla perdida”, rememora Gurutze. (...)

La historia de su familia forma parte del listado de crímenes cometidos por los franquistas en Elgeta. “Mi aitite (abuelo) salió al portón de su caserío y se encontró a cuatro milicianos muy jóvenes. A ellos los mataron y enterraron debajo de un manzano. A mi abuelo le pegaron un tiro en la cabeza y lo dejaron allí tirado”, señala. 

Su tío, que por entonces era un niño, se refugió en la cuadra de animales. “El asesinato de su padre le dejó secuelas para toda la vida”, relató. Como si esto fuera poco, la tragedia familiar se completó con la desaparición de otro tío abuelo de Osoro.  (...)"              (Danilo Albin, Público , 11/12/17)

13/12/17

La dualidad del proyecto sionista: huir de la opresión racista y reproducirla en un contexto colonial

"La dualidad entre la posición del oprimido y la del opresor no es rara en la historia. Se observa en particular en el caso de los movimientos nacionales que encarnan la lucha de una nación oprimida por liberarse del colonialismo al tiempo que esa misma nación oprime en su propio país a una minoría –sea esta nacional o racial o religiosa o perteneciente a cualquier otra identidad– y que el movimiento nacional no reconoce esta última opresión o, peor aún, la justifica con algún pretexto, como la acusación a la minoría de constituir una “quinta columna” del colonialismo 1/.

A menudo se hace referencia a la frecuencia de esta dualidad con el fin de “normalizar” el caso del sionismo, en el sentido de presentarla como algo corriente y similar a otros muchos casos. El propósito suele ser el de minimizar los agravios del sionismo, por no decir excusarlos, a fin de normalizar la actitud ante el Estado sionista y tratarlo como algo corriente. Intentaré demostrar en este artículo que dicho argumento no es válido, explicando la singularidad de la dualidad propia del caso sionista.

Es indiscutible que el sionismo nació históricamente en respuesta a la opresión secular padecida por los judíos en países europeos. Como es sabido, la condición de los judíos en la Europa cristiana desde la Edad Media hasta el siglo XIX era mucho peor que su situación en los países de mayoría musulmana. Bajo las autoridades que se llamaban cristianas, los judíos fueron víctimas de una persecución mucho más encarnizada que la discriminación y la persecución ocasional a que los sometían las autoridades autocalificadas de musulmanas.

Sin embargo, la Edad Moderna que siguió al periodo de la Ilustración y a la Revolución Francesa, a finales del siglo XVIII, puso fin gradualmente a esta persecución en Europa Occidental, gracias a la difusión de la noción moderna de ciudadanía basada en la igualdad de derechos. Con el paulatino cambio democrático, la condición de los judíos mejoró progresivamente en Europa Occidental, desde la costa atlántica hasta las fronteras orientales de Alemania y Austria. 

Poco a poco dio lugar a la integración de los judíos en las comunidades locales y acabó con la discriminación. No obstante, la primera gran crisis que afectó a la economía capitalista mundial, en el último cuarto del siglo XIX –la “larga depresión”, como la llamaron–, despertó diversas tendencias xenófobas. Al igual que todas las crisis sociales, impulsó la búsqueda de chivos expiatorios por parte de grupos de extrema derecha con el fin de movilizar la furia de sus sociedades al servicio de sus proyectos reaccionarios.

En ese mismo periodo, Europa Oriental, especialmente su mayor extensión, integrada en el imperio ruso, asistía a una expansión tardía del modo de producción capitalista. Esta transformación tardocapitalista –que causó trastornos agravados y complicados por su coincidencia en el tiempo con un capitalismo más avanzado en Occidente y con la larga depresión– provocó una aguda crisis social y un éxodo rural acelerado. 

A resultas de ello, las tendencias xenófobas también cobraron impulso en Europa Oriental, siendo los judíos sus víctimas primarias en el imperio ruso, particularmente en regiones que hoy en día pertenecen a Ucrania y Polonia. Allí, los judíos fueron víctimas de sucesivos pogromos, por lo que trataron de emigrar a Europa Occidental y Norteamérica.

Así las cosas, los judíos se convirtieron en un objetivo predilecto de la xenofobia en Europa Occidental, donde unían la condición de forasteros migrantes a la de personas que profesaban una religión alóctona 2/. De este modo, sobre el telón de fondo de la larga depresión y sus efectos, Europa Occidental asistió al renacer de un antijudaísmo de nuevo cuño, moderno: una teoría racial que pretendía basarse en las ciencias antropológicas y que preconizaba que los judíos –o los semitas en general, incluidos los árabes 3/– pertenecen a una raza inferior y maligna. 

Fue entonces cuando surgió el antisemitismo, que apuntó principalmente contra los judíos europeos y acompañó a la expansión de una variante fanática del nacionalismo combinada con la defensa del colonialismo. La larga depresión exacerbó, en efecto, la competencia en torno a la división del mundo entre las metrópolis coloniales en la llamada fase imperialista.

Sobre este mismo telón de fondo nació el movimiento sionista moderno en forma de sionismo estatalista que, a diferencia de otras formas anteriores o contemporáneas de sionismo espiritual o cultural, aspiraba a crear un Estado judío. Como es bien sabido, el fundador del movimiento, Theodor Herzl, era un judío austriaco asimilado que asumió sus convicciones sionistas después de haber cubierto en París, como periodista, el juicio contra el oficial francés de ascendencia judía Alfred Dreyfus, víctima del ascenso del antisemitismo en su país. 

El caso Dreyfus llevó a Herzl a escribir su famoso libro-manifiesto El Estado judío (Der Judenstaat en el original alemán: literalmente, el Estado de los judíos), publicado en 1896 y que constituyó la base de la convocatoria del primer congreso sionista en la ciudad suiza de Basilea en 1897, un año y medio después de la publicación del libro.

Existe una diferencia cualitativa muy significativa entre la ideología sionista elaborada por Herzl y las ideologías nacionales que surgieron en Europa en la primera mitad del siglo XIX o en los países coloniales durante la primera mitad del siglo XX. Mientras que la mayoría de estas ideologías respondían a un pensamiento democrático emancipatorio, la ideología sionista moderna formaba parte de la variante del nacionalismo fanático y colonialista que estaba en auge cuando apareció. 

En efecto, si bien es indiscutible que el sionismo es fruto de la opresión de los judíos y de la reacción a la misma –el propio Herzl explicó en el prólogo de su libro cómo “la miseria de los judíos” era la “fuerza motriz” del movimiento que quería crear–, tampoco cabe ninguna duda de que el sionismo teorizado por Herzl es una ideología marcada esencialmente por el pensamiento reaccionario y colonialista.

En realidad, al margen de cómo lo percibían los judíos de Europa Oriental, pobres y duramente perseguidos, que se aferraban a él como tabla de salvación, el proyecto sionista ideado por Herzl fue en el fondo un engendro creado por un judío austriaco laico y asimilado, destinado a deshacerse de los míseros judíos religiosos que venían de Europa Oriental y cuya migración a Occidente había perturbado la existencia de sus correligionarios occidentales. 

Así lo reconoció el propio Herzl con singular franqueza en el prólogo de su libro:

"Los asimilados se beneficiarían todavía más que los ciudadanos cristianos con la partida de los judíos creyentes, pues se quitarían de encima la rivalidad inquietante, incalculable e inevitable de un proletariado judío empujado por la pobreza y la presión política de un sitio a otro, de un país a otro. Este proletariado itinerante se tornaría sedentario. 
Muchos ciudadanos cristianos –a los que llamamos antisemitas– pueden ahora ofrecer una resistencia decidida a la inmigración de judíos extranjeros. 
 Los ciudadanos judíos no pueden hacerlo, pese a que les afecta mucho más de cerca, pues ante ellos sienten más que nada la feroz competencia de individuos que desempeñan oficios similares y que, además, introducen el antisemitismo allí donde no existe o lo intensifican allí donde ya existe.
 Los asimilados dan expresión a este agravio secreto con iniciativas filantrópicas. Fundan sociedades de emigración para los judíos itinerantes. Existe un reverso de la medalla que sería cómico si no se tratara de seres humanos: algunas de estas entidades benéficas no han sido creadas para, sino contra los judíos perseguidos, han sido creadas para despachar a estas pobres criaturas lo más rápido y lo más lejos posible.
 Así, muchos supuestos amigos de los judíos resultan ser, si bien se mira, nada más que antisemitas de origen judío, disfrazados de filántropos.

"Pero los intentos de colonización protagonizados incluso por hombres benévolos, por interesantes que fueran dichos intentos, hasta ahora no han tenido éxito… Estos intentos eran interesantes en la medida en que constituían, a escala reducida, sendos precursores prácticos de la idea del Estado judío".

La nueva idea formulada por Herzl en sustitución de las empresas coloniales filantrópicas fallidas que menciona –la más destacada fue la creada por la familia Rothschild– consistía en pasar de las acciones benévolas a un proyecto político integrado en el marco colonialista europeo, con el propósito de fundar un Estado judío que formaría parte de dicho marco y lo reforzaría. 

A este respecto, Herzl se dio cuenta de que los antisemitas cristianos serían acérrimos defensores de su proyecto. Su principal argumento, en el apartado titulado El Plan del segundo capítulo de su libro, era el siguiente:

"La creación de un nuevo Estado no es una empresa ridícula ni imposible… Los gobiernos de todos los países azotados por el antisemitismo estarán sumamente interesados en ayudarnos a conseguir la soberanía que queremos".

Solo quedaba elegir el territorio en el que materializar el proyecto sionista:

"Hay dos territorios posibles: Palestina y Argentina. En ambos países se han llevado a cabo importantes experimentos de colonización, aunque basados en el principio erróneo de una infiltración gradual de judíos. Una infiltración está condenada a acabar mal. Prosigue hasta el momento inevitable en que la población autóctona se considera amenazada y obliga al gobierno a detener la entrada de judíos. 

 Por tanto, la inmigración resulta fútil a menos que se base en una supremacía asegurada. La Sociedad de Judíos tratará con los dueños actuales del territorio, colocándose bajo el protectorado de las potencias europeas si se muestran proclives el plan".

Hacia el final del último capítulo del libro, donde expuso los “Beneficios de la emigración de los judíos”, Herzl aseguró que los gobiernos atenderán a su propuesta “voluntariamente o bajo presión de los antisemitas”. Sus Diarios incluyen muchas observaciones sobre la complementariedad de su proyecto de enviar a los judíos pobres fuera del continente europeo con el deseo de los antisemitas de deshacerse de ellos. Incluso profetizó, en el comienzo de su primer Diario (1895), que los judíos se adaptarían a la brutalidad de los antisemitas y los imitarían en su futuro Estado.

"Sin embargo, el antisemitismo, que es una fuerza poderosa e inconsciente entre las masas, no dañará a los judíos. Entiendo que es un movimiento útil para el carácter judío. Representa la educación de un grupo por las masas y tal vez conduzca a su absorción. La educación solo es efectiva a base de golpes. Se producirá un mimetismo darwiniano. Los judíos se adaptarán".

De acuerdo con el plan concebido por su padre espiritual, los líderes del movimiento sionista se esforzaron por obtener el apoyo de una de las grandes potencias europeas a su proyecto, que pronto se decantó exclusivamente por Palestina. Aprovecharon la transferencia del territorio de la dominación otomana a la británica en el contexto de la primera guerra mundial tras el reparto de los restos del imperio otomano entre británicos y franceses, al amparo de infame tratado Sykes-Picot de 1916.

Desde entonces, los líderes sionistas centraron sus esfuerzos en Londres. El dirigente del sionismo británico, Chaim Weizmann, se apoyó en el magnate judío británico y ex diputado, el lord Walter Rothschild. Las presiones combinadas de ambos lograron obtener la conocida promesa del ministro de Asuntos Exteriores, Arthur Balfour, del 2 de noviembre de 1917. 

En su carta, Balfour aseguró que “el gobierno de su Majestad [el rey Jorge V] ve con simpatía el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para los judíos, y hará todo lo posible por facilitar la consecución de este objetivo…”. Esta infame declaración encajaba naturalmente en los cálculos imperialistas británicos de entonces, en el contexto de la competencia entre Gran Bretaña y los dos aliados que compartían la victoria en la guerra, Francia y EE UU.

Las circunstancias históricas de la Declaración Balfour concordaban plenamente con el punto de vista del profeta del sionismo, Theodor Herzl. El propio Balfour era uno de esos cristianos antisemitas de los que Herzl sabía que se convertirían en los mejores aliados del sionismo. El ministro de Asuntos Exteriores británico, en efecto, no era ajeno al sionismo cristiano, la corriente cristiana que apoya el retorno de los judíos a Palestina. 

El verdadero objetivo de este apoyo –no declarado en muchos casos, pero ocasionalmente admitido– es acabar con la presencia de judíos en los países de mayoría cristiana. Para los sionistas cristianos, el retorno de los judíos a Palestina supone el cumplimiento de la condición del Segundo Advenimiento de Jesucristo, al que seguirá el Juicio Final, que condenará a todos los judíos que no se hayan convertido al cristianismo al sufrimiento eterno en el infierno. Esta misma corriente es actualmente en EE UU la más firme defensora del sionismo en general y de la derecha sionista en particular.

Cuando era primer ministro (1902-1905), el autor de la infame Declaración, el propio Arthur Balfour, promulgó la ley de Extranjería de 1905, cuya finalidad era poner coto a la inmigración en Gran Bretaña de refugiados judíos que huían del imperio ruso. Vale la pena destacar en este punto un hecho histórico que rara vez se menciona: Edwin Samuel Montagu fue el único ministro británico que se opuso a la iniciativa de Balfour de emitir su Declaración y el único ministro que manifestó su oposición al proyecto sionista en su conjunto.

 Era el único miembro judío del gabinete encabezado por David Lloyd George, del que formaba parte Balfour, y únicamente el tercer ministro judío de la historia de Gran Bretaña. Montagu advirtió de que la empresa sionista comportaría la expulsión de la población autóctona de Palestina y reforzaría en todos los demás países a las corrientes que deseaban deshacerse de los judíos. En un memorando que presentó en agosto de 1917 en el gabinete británico después de conocer lo que acabaría siendo la Declaración Balfour, afirmó sin ambages:

"Quiero hacer constar mi punto de vista de que la política del gobierno de Su Majestad es antisemita y que por consiguiente acabará siendo un punto de referencia para los antisemitas de todos los países del mundo" 4/.

Tal como esperaba Herzl, el proyecto sionista se materializó bajo la protección de una gran potencia europea como parte de sus designios coloniales-imperialistas. Este proyecto no podría haberse realizado sin dicha protección y sin integrarse en un marco colonial-imperialista más amplio. 

El pueblo judío al que Herzl quería dotar de un Estado propio era un pueblo imaginado, carente de toda institución política que lo constituyera en pueblo y de la fuerza requerida para participar en la carrera colonial de finales del siglo XIX.

Al fundar el movimiento sionista, Herzl quiso crear esa institución política inexistente y encaminarla a la colaboración con una de las grandes potencias. Así, el proyecto sionista depende estructuralmente, desde el comienzo, de la protección de una gran potencia, tal como había previsto Herzl. 

Esta dependencia ha marcado la historia del movimiento sionista y después la de su Estado hasta nuestros días. Seguirá existiendo mientras el Estado de Israel se base en la opresión colonial, pues la consecuencia natural de ello es la enemistad con el pueblo palestino y los demás pueblos vecinos de Palestina, hasta el punto de que Israel necesita la protección de una gran potencia exterior. EE UU ha desempeñado este papel desde la década de 1960.

En suma, el sionismo no es un movimiento normal de liberación nacional que comparta el carácter dual de muchos de estos movimientos que luchan contra la opresión colonial mientras oprimen a otras comunidades, sean nacionales o de otro tipo. Esto es lo que afirman los partidarios de Israel que no son tan fanáticos como para negar la opresión perpetrada por el Estado sionista. 

Lo cierto, sin embargo, es que el movimiento sionista se construyó sobre la base de la explotación y la opresión sufridas por los judíos y de la ayuda de los antisemitas con el fin de crear un Estado colonial integrado estructuralmente en el sistema imperialista, y no un Estado poscolonial, como pretende.

En un giro trágico de la historia, el antisemitismo alcanzó un clímax en la Europa del siglo XX con el ascenso al poder de los nazis y la posterior realización de su proyecto genocida, obligando a un gran número de judíos europeos a buscar refugio en el sionismo, ya que otras formas de antisemitismo les cerraron las puertas de EE UU, Gran Bretaña y otros países. 

De este modo, el Estado sionista logró hacerse realidad y presentarse como compensación redentora del genocidio nazi contra los judíos. Estas circunstancias históricas han permitido a ese Estado oprimir a la población autóctona de Palestina en un grado que sin duda va mucho más allá de lo que los fundadores del sionismo, incluido Herzl, habían previsto.

Hoy en día –un siglo después de la Declaración Balfour, casi 70 años después de la fundación del Estado de Israel en el 78 % del territorio de la Palestina del Mandato Británico y medio siglo después de que ese Estado ocupara el 22 % restante–, el primer ministro sionista, Benjamin Netanyahu, sigue obteniendo de los antisemitas contemporáneos de los países occidentales el respaldo necesario para el arrogante comportamiento colonial de su Estado y su gobierno. 

Al apoyarse en los sionistas cristianos de EE UU, codearse con el antisemita primer ministro de Hungría y mantener el silencio sobre la defensa por parte de Donald Trump de la extrema derecha antijudía y antimusulmana de EE UU, Netanyahu sigue fielmente las recetas de Herzl, aunque de una manera moralmente todavía más detestable al producirse después del genocidio nazi, que mostró los horrores a los que pueden conducir el antisemitismo y otras formas de racismo.

[Esta ponencia se presentará en lengua árabe en una conferencia convocada en Beirut para los días 13 y 14 de diciembre por el Instituto de Estudios Palestinos con motivo del centenario de la Declaración Balfour. La traducción inglesa del original árabe es del propio autor.]"                 (Gilbert Achcar, Jadaliyya, en Viento Sur, 03/11/17)

11/12/17

Las mujeres detenidas evitaban ir al baño porque allí era donde los guardias las violaban a su antojo

"Las mujeres detenidas evitaban ir al baño porque allí era donde los guardias las violaban a su antojo. No era el objetivo inicial del recinto de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), pero sí un ejemplo del infierno en el que se convirtió uno de sus edificios, el Casino de Oficiales, en Buenos Aires (Argentina). 

Gran cloaca de la dictadura de Videla (1976-1983), fue uno de los mayores centros clandestinos de detención, tortura y exterminio (CCDTyE) y un agujero negro para los Derechos Humanos: desde allí se hizo desaparecer a cerca de 4.000 personas a través de los ‘vuelos de la muerte’, aviones que los arrojaban todavía vivos al mar.

Este miércoles, por primera vez y después de cuatro décadas, la Justicia argentina condenó a los responsables de los crímenes de lesa humanidad practicados en la ESMA: las 54 imputaciones por delitos contra 789 víctimas se saldaron con 29 cadenas perpetuas, 6 absoluciones y penas de prisión de entre 8 y 25 años para el resto de acusados.

Hace 10 días visité la ESMA y el edificio Casino de Oficiales sigue siendo aterrador. Dentro del recinto arbolado, de 17 hectáreas y salpicado por una decena de construcciones, el centro de oficiales centralizó las detenciones y las torturas. 

En la tercera planta y en la buhardilla yacían los detenidos, en nichos de 200 por 70 centímetros, sobre finos colchones en el suelo, con las manos siempre esposadas, grilletes en los tobillos y atados a una bala de cañón de 20 kilos. Dos ruidosos extractores daban algo de ventilación al espacio de reclusión. Las pequeñas ventanas estaban tapiadas y apenas entraba algo de luz natural, rebotada desde los camarotes aledaños.

Pero poco importaba la luz porque los detenidos tenían, en todo momento, la cabeza cubierta con una capucha (por eso estas dos dependencias eran conocidas como ‘Capucha’ y ‘Capuchita’). Unos pasaban así entre 10 y 15 días. Otros, años. Podían subirse la capucha hasta la nariz sólo para comer. Excepcionalmente, también podían descubrirse en el baño. 

Los médicos controlaban que los presos comiesen lo indispensable para seguir con vida: mate cocido con pan, una taza de caldo, dos panes con carne fría, algo de agua, una naranja.
Tras el internamiento, se les drogaba con pentotal, se les desnudaba y se les trasladaba a los ‘vuelos de la muerte’. 

Entre los casos más aterradores, destacan los de las mujeres: además de las violaciones en los baños, las embarazadas permanecían en la ESMA hasta que daban a luz. Entonces, las madres eran enviadas a los ‘vuelos de la muerte’ y sus hijos entraban en la red clandestina de tráfico de bebés robados.

 En la actualidad, la ESMA organiza una visita guiada por supervivientes una vez al mes. El centro, reconvertido en un museo al servicio de la memoria histórica, es un ejemplo mundial de educación y concienciación para las nuevas generaciones. Todos los días hay decenas de visitas organizadas por colegios e institutos para que los jóvenes conozcan las atrocidades cometidas."                (Daniel Ayllón, La Marea, 30/11/17)

7/12/17

Creo que sólo me mantenían en pie los impactos que iba recibiendo de un lado y otro. Como si entre ellos compitieran para evitar que me cayera

"La sede del Gobierno de la Comunidad de Madrid, en plena Puerta del Sol, fue durante años el palacio del terror franquista. Un lugar donde el torturador Antonio González Pacheco, alias 'Billy el Niño', campó a sus anchas. 

Como si el lugar fuese suyo. Como si España fuese suya. Como si tuviera la seguridad de que disfrutaría de impunidad el resto de sus días. Pero no fue el único. Antes de que él llegara al lugar hubo otros hombres. Otros torturadores. El franquismo no fue aquel remanso de paz del que presumía un exministro del PP.

 La actual sede del Gobierno de la Comunidad de Madrid, ese edificio que muestra a través de su reloj la llegada del nuevo año, fue durante la dictadura franquista un centro de detención y tortura. En concreto, la Dirección General de Seguridad. 

"Estas manos son armas y con ellas voy a destruirte", espetó Billy el Niño, dentro de esos muros de la Real Casa de Correos, a Chato Galante, militante de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) en 1969. La frase fue pronunciada en medio de un terrorífico interrogatorio plagado de torturas y malos tratos. A Lidia Falcón, por su parte, le dedicó un un "ya no parirás más puta", mientras golpeaba su abdomen. A Luis Miguel Urbán, en su novena detención por pertenecer a la LCR, Billy el Niño le decía a carcajadas que no iba a salir nunca de allí con vida. 

Son tres de las víctimas de González Pacheco. Pero la lista es casi infinita. Inabarcable. Billy el Niño, por su juventud, su dureza, su crueldad y también por la orden de extradición de la Justicia de Argentina, se ha convertido en el símbolo del terror y de la impunidad del franquismo. Era un funcionario que acataba las órdenes de arriba. Que aplicaba los métodos sistemáticos de destrucción personal y tortura al sospechoso de ser disidente político. 

Antes de él hubo otros. Y también otros jefes, otros ministros. No era un problema de nombres. Era un problema de naturaleza. De violencia institucionalizada. El activista del PCE Julián Grimau, posteriormente ejecutado, fue lanzado por la ventana de la sala donde estaba siendo brutalmente torturado. 

El Ministerio de Información y Turismo, que entonces dirigía Manuel Fraga Iribarne, también conocido indistintamente como uno de los padres de la Constitución o de la democracia, sostuvo que el preso se había tirado al vacío de forma "inexplicable", tras encaramarse a una silla.
Posteriormente, Grimau sería ejecutado por presuntos delitos cometidos durante la Guerra Civil. Fue una víctima más de la larga noche franquista.  

Felisa Echerroyen fue otra, aunque afortunadamente, vive para contarlo: "Las palizas de Billy el Niño se reproducían en cada interrogatorio durante día y noche. Durante los tres días que estuve allí me sentí como un guiñapo al que balanceaban de izquierda a derecha. Creo que sólo me mantenían en pie los impactos que iba recibiendo de un lado y otro.  Como si entre ellos compitieran para evitar que me cayera. No era consciente de que mis pies tocaran el suelo. Deseaba morir con tanto empeño".

El 'carnicerito' de Málaga y formas de colaborar con la Gestapo

Cuando Julián Grimau fue lanzado por aquella diminuta ventana del actual Palacio de Gobierno de la Comunidad, el director de la Dirección General de Seguridad era Carlos Arias Navarro, quién después ocuparía la Presidencia del Gobierno y sería el encargado de anunciar frente a las cámaras de televisión la muerte del dictador. Arias Navarro dirigió el organismo entre junio de 1957 y febrero de 1965, cuando fue nombrado alcalde de Madrid.

Antes, tras la conquista de Málaga por parte del ejército rebelde, había actuado como fiscal participando en la represión de la ciudad, que debía servir de ejemplo para el resto del Estado. Sólo del 8 al 14 de febrero de 1937 los franquistas ejecutaron sin juicio previo a 3.500 personas y hasta 1944 otras 16.952 fueron condenadas a muerte y fusiladas en Málaga, según un informe del cónsul británico documentado por el historiador Anthony Beevor. La actuación de Arias Navarro en Málaga le valió el sobrenombre de 'el carnicerito'.

Durante el tiempo en el que Arias Navarro fue el director de la DGS, además de la caída de Grimau por una angosta ventana, se produjo también la ejecución de los anarquistas Francisco Granado y Joaquín Delgado, acusados sin pruebas de haber puesto explosivos en el Sección de Pasaportes de la Dirección General de Seguridad y en la Delegación Nacional de Sindicatos.

Pero antes de la llegada de Arias Navarro, y de Billy el Niño, ya se efectuaban las torturas en el emblemático edificio del centro de Madrid. Durante el mandato del militar Rafael Hierro Martínez en la DGS (1951-1957) se asesinó al miembro del PSOE Tomás Centeno. Este hombre era nada más y nada menos que el presidente del sindicato Unión General de Trabajadores (UGT) y formaba parte de la ejecutiva del Partido Socialista Obrero Español en la clandestinidad. Fue detenido por la policía franquista en 1953.

Lo último que se supo de él es que apareció muerto en la propia Dirección General de Seguridad, víctima de las torturas. El régimen señaló que "Centeno puso fin a su vida en el propio calabozo con el borde de uno de los flejes del somier de acero". 

El militar Rafael Hierro Martínez había sustituido al frente de la DGS al también militar Francisco Rodríguez Martínez. De hecho, los dos únicos directores del organismo que no fueron militares hasta el año 1979 fueron el propio Arias Navarro, que pertenecía a Falange, y el también falangista José Finat y Escrivá de Romaní, conde de Mayalde.

El conde de Mayalde dirigió el centro de detención y tortura entre 1939 y 1941, fue nombrado después embajador de España en la Alemania nazi (1941-1942), gobernador civil de la provincia de Madrid y alcalde de Madrid (1952-1965). Una carrera de vértigo. 

El historiador Josep Fontana escribió sobre él lo siguiente: "Era el conde de Mayalde un hombre con las manos manchadas de sangre que, como director general de Seguridad, había invitado en 1940 a Heinrich Himmler para que visitara Madrid, con el fin de establecer formas de colaboración con la Gestapo...". Sus buenas relaciones con la Alemania Nazi, de hecho, le valdrían el puesto de embajador franquista en Berlín.   (...)

Podemos pide honrar la lucha de personas como Fernando Navarro, de 69 años, que fue detenido en el Instituto Simancas por participar en una asamblea de estudiantes. Era el 21 de enero del 73 y los estudiantes protestaban por la suspensión de una convocatoria de exámenes: 

"Me entregaron a 'Billy el Niño'. Era un hombre con cara desagradable, greñas en el pelo y pinta de estudiante 'progre'. Me preguntó si estuve en la asamblea, yo lo negué y entonces me dio un puñetazo en la puerta del estómago y me cogió de los testículos. Después puso mi cabeza encima de un radiador y comenzó a golpearme por todo el cuerpo", relató Navarro a Público.

 Finalmente este hombre fue absuelto porque su presencia en el instituto estaba justificada por estar en horario lectivo. Sin embargo, de los golpes y de la humillación ya no le libraba nadie. Tampoco la democracia española le pediría disculpas. Nadie honró su lucha y condenó a su agresor. (...)"               (Alejandro Torrús, Público, 16/04/16)

5/12/17

Quen foi Salvador Moreno, o militar golpista defendido por Rajoy?

"Este jueves, durante su visita a un grupo de militares de la Armada española con los que mantuvo un encuentro en Abiyán (Costa de Marfil), el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, se preguntó por qué le quitaron el nombre de una calle al Almirante Salvador Moreno

La respuesta la da Alberto Sabio, historiador de la Universidad de Zaragoza, al explicar quién era Salvador Moreno: "Fue un golpista, estuvo en la conspiración previa a la sublevación militar contra la Segunda República".

 Este militar, que llegó a ser ministro de Marina en la dictadura, desempeñó desde el crucero Almirante Cervera, primero, y desde el acorazado Canarias, después, un papel clave para la victoria franquista en la guerra civil que incluyó el bombardeo de numerosas ciudades costeras. 

(...) había dirigido desde esos barcos cruentos ataques como el bombardeo de la carretera de Málaga a Almería cuando, en febrero de 1937, más de 100.000 civiles huían en lo que se conoció como la desbandá.

Los bombardeos de la artillería terrestre del general Gonzalo Queipo de Llano, que había sitiado Málaga, y los cañones del acorazado Canarias, que apoyaba esa operación desde el mar, provocaron entre 3.000 y 5.000 muertes, en uno de los episodios más sangrientos de la guerra civil.
Moreno, destinado en Ferrol al comienzo de la guerra, se hizo con el control del Almirante Cervera, con el que participó en el bombardeo de Gijón, pese a las reticencias iniciales de la tripulación, leal a la república. (...)"            (Eduardo Bayona, Público, 30/11/17)

"(...) En 2008 foi un dos 35 altos cargos do franquismo imputados pola Audiencia Nacional no sumario instruído por Baltasar Garzón, polos delitos de detención ilegal e crimes contra a humanidade cometidos durante a guerra civil e nos primeiros anos do réxime.(...)"               (Marcos Pérez Pena, Praza Pública)